Al
final Ulises llegó a Ítaca.
El
trayecto fue largo y cargado de peligros. Hubo momentos en los que
todo parecía perdido: su ingenio y previsión le salvó del hambre
del cíclope y la perversidad de Circe. Pasó entre Escila y
Caribdis. Disfrutamos, reflexionamos y reímos con sus aventuras.
Pero al final Ulises llegó a Ítaca; tensando el arco nuestro héroe
venció a los rivales, se reunió con esposa e hijo... y la aventura
tocó su fin.
Para
los lectores de literatura fantástica nuestras lecturas se vienen
convirtiendo – desde hace demasiado tiempo – en un devaneo que
nunca llega a puerto.
Es
el viaje lo que cuenta, dicen; hay que disfrutar del trayecto. Y es
así. De “El Señor de los Anillos” cerrando los ojos podemos
rememorar infinidad de momentos épicos, muchos de los cuales ni
siquiera tuvieron una incidencia directa en la resolución de la
trama. ¿Y Canción de hielo y fuego? No ha terminado aún: pero aquí
estamos, medio mundo atrapado en sus retorcidas y violentas tramas.
Pero en un caso y en el otro lo que esperamos es poder llegar al
momento en que cerraremos el último libro, emocionados (o enfadados,
o decepcionados), lo colocaremos en la estantería e iremos a por
otra cosa. Porque por mucho que disfrutemos leyéndolas, las
historias necesitan un final, llegar a alguna parte. El final es lo
que espolea nuestro interés; todas las tramas que se tienden ante
nosotros y que despiertan la imaginación y los sentidos forman parte
de la historia porque contribuyen a crear lo que en un momento dado
será una pintura completa, tras la última página; y solo entonces,
ante el final, podremos apreciarla en su totalidad.
El
final es importante, y aunque a veces se intenta, no creo que eso se pueda discutir. ¿Qué
pasa entonces cuando nos privan de él?
Nada:
no pasa nada. Hemos disfrutado del trayecto. Si Timun Mas hubiera
publicado la Odisea, Ulises podría haberse hundido con toda su
tripulación dos semanas después de salir de Troya, pero oye,
habrían sido dos semanas intensas. O podría haber llegado a casa en
estas dos semanas para encontrar a Penélope casada con Aquiles
reencarnado: solo podríamos especular, porque seguramente la
editorial la habría cancelado.
El
autor – dicen – no es una puta al servicio de sus lectores. Ni
los lectores (yo añadiría) mendigos en espera de su dádiva. La
relación entre ambos es o debería ser de retroalimentación. El
escritor es un artista de las letras pero del arte en sí no se vive:
hay que venderlo. Y el cliente paga en tiempo y en dinero, y compra
el derecho a leer la historia y a la vez debería ganarse un cierto
respeto, el que se presupone que en todas las demás transacciones
comerciales obtiene. Porque la historia, si de lo que hablamos es de
una saga, no está completa hasta que llega a su fin: y como elemento
incompleto, está cojo, deficiente, defectuoso. Y en otros campos de
la industria cuando algo está defectuoso se cambia. Pero no hablemos
del autor: en la mayoría de casos no es el problema en absoluto.
Coincidiremos en que aunque todos ansiemos más de aquello que nos
apasiona y como todo sentimiento visceral lo expresemos con
virulencia, debemos tener paciencia: el autor cumplirá. Quien quizás
no lo haga es la editorial. La empresa: esta entidad que, decíamos,
en otros campos de la industria se responsabiliza ante un producto
defectuoso, incompleto o deficiente.
Aquí
no, porque vivimos en el feliz mundo de la contradicción entre "es
demasiado cultural para ser un producto comercial, y demasiado
producto comercial para tratarlo como un verdadero bien cultural".
Uno puede gastarse 200€ en diez libros de (por poner un ejemplo de
actualidad) las sagas de Malaz y encontrarse con que no hay final:
que la editorial ha quebrado (y hablaremos de esta quiebra). En ejemplos menos sangrantes, te puedes
gastar 50€ en dos tomos de “Los caballeros Bastardos” para
descubrir, tiempo después, que no habrá tercero: la editorial ha
decidido que no es rentable. ¿Gastaríamos este dinero si supiéramos de antemano que la saga nunca se completará? Y no todo es el dinero: hay una
implicación emocional que queda igualmente insatisfecha.
Aparentemente,
lamentarse por ello es poco realista; o, incluso, implica reivindicar
un derecho que en realidad no se posee. Ciertamente, ningún contrato
afirma que cuando compramos “Príncipe del Mal”, primer tomo de
una trilogía (aunque no se identifique como tal, algo de lo que
hablaremos enseguida), estamos comprando de hecho la introducción a
algo mayor, el primer plazo de lo que esperamos completar algún día.
Ningún contrato lo afirma y quizás debería, porque la afirmación
solo va implícita e implica buena voluntad por parte de la editorial
y jamás ¡jamás! Hay que confiar en la buena voluntad de una
empresa si hay dinero de por medio. Desafío a cualquiera que
trivialice esta situación a aceptar una análoga en otros campos, en
otros mercados fuera del de la cultura.
Hemos
llegado a un punto que de puro absurdo parece una mala sátira.
Ningún lector de género fantástico residente en España o lector
en Español tiene la certeza, que parece tan elemental, de que el
libro que acaba de comprar como “primer tomo” de algo llevará a
alguna parte. Y estando así la cosa, la reacción más lógica es
simplemente dejar de comprar: porque una vez jode, dos jode más, y
tres te hace sentir idiota. Y si yo fuera una persona con algo más
de voluntad, esta sería mi respuesta, dejar de comprar. Porque esta
situación es lamentable: y degenera, e irá a peor. La editorial –
igual que la discográfica o la productora – se llena la boca con
conceptos como “piratería” para excusar sus propios males
endémicos: y es que entre otras cosas la mayoría simplemente se
niega a aceptar que vivimos en el siglo XXI. Muchas sagas que se
califican como “no rentables” quizás lo habrían sido si no
fuera porque su edición en ebook (eso cuando la hay) se paga a
precio de libro impreso. Y la edición impresa, a precio de cuerno de
unicornio. Y qué edición impresa. Portadas horteras con la caratula
de la adaptación cinematográfica, porque esto es lo único que a la
editorial se le ocurre para llamar la atención sobre su libro: y así
llegamos a situaciones risibles como la portada de cierta edición de
“Los viajes de Tuf”, ciencia ficción pura y dura, que como es obra de George
R. R. Martin muestra a un caballero en armadura, espada en ristre. Esto
de parte de una de las editoriales más importantes del país.
Viéndolo cuesta creer que alguien se tome en serio la literatura de
género - o peor, los lectores -, los primeros los propios editores.
![]() |
| Tiene retirada a un Cylon, pero es un caballero medieval. |
Pero
sigamos hablando de mala praxis. Volvamos por ejemplo al caso de
"Príncipe del mal" de Mark Lawrence, primera parte
de una trilogía aunque en ninguna parte se indique así. De
hecho, parece todo lo contrario: "Príncipe del mal" es "Un
libro realmente impresionante. Oscuro e implacable [...]" o "el
mejor libro que he leído en todo el año" o "Esta novela
es como una puñalada. Una fantástica historia de venganza [...]"
según las citas de Robin Hobb, Peter V. Brett y Rovert V.S. Redick
que figuran en la contraportada. Todo parece sugerir
que se trata de un único tomo: una novela cerrada. Y así, cuando el
lector llega al final y queda claro que no es el caso, la decepción
al cancelarse la saga es aún mucho mayor. Hemos picado el anzuelo;
el libro ya está vendido y nada más importa. Y no es el único
caso. "Los cien mil reinos" era el primer tomo de la
"Inheritance trilogy" de N.K. Jemisin; esta condición de
introducción a una trilogía no constaba en ninguna parte. Ni
constaba en el segundo tomo, "Los reinos rotos"; ni habría
constado en el tercero, "The kingdom of gods", de haberlo
editado Minotauro en lugar de cancelar la saga a un tomo de
terminarla. Claro que como nunca la identificó como saga a lo mejor
nadie se daba cuenta. No se puede justificar esta política: creo que
todos estaremos de acuerdo en que como consumidores tenemos el
derecho a saber qué estamos comprando exactamente, y saberlo por parte de la empresa sin necesitar consultarlo en internet. Desde luego la
editorial sabe exactamente lo que está vendiendo. Cuando Minotauro
editó en 2011 el primer tomo de la trilogía de Jemisin (que por
cierto ganó el Locus aquel año) la saga ya estaba terminada; ya
sabía que se trataba de una saga y aún así eligió venderlo como
si de un stand alone se tratara. Decíamos que
ningún lector Español tiene la certeza de que lo que acaba de
comprar como "primer tomo" llevará a alguna parte, pero la
realidad es peor: el lector Español puede incluso comprar un primer
tomo sin saber que hay más.
A
un nivel un poco más sutil está este tipo de publicidad engañosa
que supone anunciar en letras enormes un nombre prestigioso en la
portada, como si del autor se tratara; un vistazo más detallado
revela que se trata tan solo del antólogo, o de quien, quizás, ha
apadrinado el libro. Podemos aceptar como natural y necesario que la
empresa recurra a trucos publicitarios para vender su producto: pero
uno no puede evitar sentirse un poco imbécil a los ojos de la
editorial si los trucos a los que ésta recurre son tan burdos.
Deshonesto como poco, y una falta de respeto.
| Algunos ejemplos sangrantes |
Quizás
la saga, el libro “no rentable” lo habría sido si el concepto de
“publicidad” (la de verdad, adaptada al mundo online) penetrara un poco en el mundo editorial. En el mundo
editorial – en el español por lo menos – tal concepto no existe.
Sí, dejamos a parte de esta generalización a un puñado de
editoriales pequeñas: arriesgan mucho más, luego también se
implican más. Excepto en sus webs, que la mayoría parecen datar de principios de los noventa. Pero para las grandes parece ser un tema casi
mecánico: comprar un producto que se desconoce (como prueban
desastres como la portada de “Los viajes de Tuf” que comentaba
antes), que no se entiende ni se sabe qué hacer con él. ¿Es
“Fantasía”? Pues se etiqueta como tal, se destina al rincón
designado en las estanterías de los supermercados del libro y se le
abandona para que compita con otras tantas novedades. Allí
languidecen por igual las meritorias y las que no lo son. ¿Quién ha
leído, de una fuente oficial – y no de una página de reseñas
amateur – una valoración detallada de las virtudes de tal o cual
libro? ¿Quien ha visto destacadas de algún modo las razones por las
que “Dilvish el maldito”, que editó La Factoría hace unos años,
es una compra imprescindible? Nadie: y Dilvish languidece en las secciones de saldo casi desde su salida y hasta que se agote.
Otras veces el drama funciona de otra forma; ante el éxito de la fantasía en el cine y la televisión, algún editor decide que "está de moda" e invierte en exceso en una colección de títulos de alta calidad que el mercado no tiene tiempo de absorber. Véase el caso de RBA y su línea de literatura fantástica, algunas de cuyas sagas (Bobby Dollar, La daga y la moneda) siguen a día de hoy abandonadas. Aquella fue una iniciativa muy ambiciosa y, aunque desconozco los motivos exactos del cierre de la colección, los puedo imaginar. Exceso de entusiasmo muy mal planeado que difícilmente podía dar beneficios. Al lector lo que le ha dado es pérdidas: inversión en un primer tomo de algo que no verá completado.
Si
juntamos todo este cúmulo de despropósitos, entre los materiales –
precios excesivos, mala o nula publicidad, ignorar los avances de la
tecnología, malas ediciones, malas traducciones – y los
inmateriales – pérdida de confianza paulatina con tal o cual
editor tras una mala praxis acerca de todo lo anterior o simplemente
por haber cancelado demasiadas de las sagas que seguíamos –
obtenemos una respuesta a por qué algunas sagas no venden. Es la
propia editorial quien las mata, las condena a fracasar. Libros como
los de Dungeons & Dragons en el mundo anglosajón se venden como
churros y a precio de churro, unos 7€ el tomo. Ediciones
tremendamente baratas, mal papel y mala encuadernación como
corresponde a una literatura de consumo rápido. Y vende. Aquí se
edita en tomos tapa dura a más de veinte euros, cargados de fallos
de traducción - y enfatizo lo de la traducción; hay muchos errores
en estos libros, y muchas faltas de concordancia entre el modo como
en un tomo y otro se traduce un mismo termino original - y no
vende (sorpresa): será que la saga es mala, cancelémosla. O Malaz,
otra vez: la primera edición, hace años, fue la de Timun Mas; se
dividió el primer tomo (el más breve de la saga, por cierto) en dos
volúmenes para recaudar el doble. No se publicitó especialmente. No
vendió. ¿Respuesta de Timun Mas? La saga no funciona: cancelada. No
nos engañemos: estas editoriales matan, ni más ni menos, estas
sagas con sus políticas. Al final, solo venderán las que vayan
acompañadas de una producción de Hollywood, Netflix o la HBO,
quienes sí saben vender un producto. Solo las que se
arrastren tras la estela de la adaptación televisiva triunfarán.
Y así se explica la reedición de una de las sagas que por su
candidez, falta de originalidad y escaso nivel literario se ha ganado
el honor de constar entre las peor consideradas en el mundillo: "Las
crónicas de Shannara", que ahora vive una segunda juventud
gracias a la reciente adaptación de la MTV.
Y
el mundo seguirá girando, y las sagas, seguirán siendo canceladas.
Y los lectores decepcionados recurrirán a descargas legítimas pero
ilegales. O se pasarán a leer en inglés. O abandonarán – el peor
resultado posible – la literatura. Mientrastanto la editorial
seguirá imperturbable.
Y
esto es lo más triste. Imperturbable. Porque de
hecho, hay soluciones: o por lo menos
hay posibles soluciones. Vivimos en la era del
crowdfunding. Cada semana autores independientes o empresas pequeñas
recurren a ello para poder editar su nuevo juego de mesa, su
videojuego, su colección de miniaturas. Cuando “Reaper Miniatures”
(empresa veterana en la fabricación de miniaturas para juegos de
rol) decidió ofrecer parte de su catálogo en otro material más
barato y por tanto asequible montó un Kickstarter. El resultado fue
desbordante; la compañía pedía treinta mil dólares para adquirir
la maquinaria necesaria y empezar a producir la nueva línea de
miniaturas: obtuvo nada menos que tres millones. “Exploding
Kittens”, un juego de cartas extremadamente sencillo que contaba
con la participación de Matthew Inman (de Oatmeal) pedía diez mil
dólares para poder salir al mercado. Obtuvo ocho millones. Ejemplos tan
extremos obviamente no se darán en el caso que nos ocupa: pero son
una muestra de que a veces soluciones alternativas al modo como
siempre se han hecho las cosas pueden ser una buena idea. A veces es
tan simple como dejar de escudarse en la excusa barata de que lo
queremos todo gratis y preocuparse de buscar un modo de ayudarnos
mutuamente. Y no hay que irnos al extremo del crowdfunding; algunas
editoriales han probado a editar con un sistema de subscripciones que
al parecer ha funcionado bastante bien. La cosa, al final, trata tan
solo de hacer algo tan elemental como respetar al lector: si hay un
problema, si no se vende lo suficiente, que se exponga. Que se hable.
Que se abra un debate. Que se vea si suficientes lectores estarían
dispuestos a pagar un poco más o a recibir el libro, si no impreso,
por lo menos en formato digital. A veces, si hablamos de sagas
abiertas, no será posible o no lo será inmediatamente. Pero en
casos como Malaz, cuya saga central terminó en 2011 la cosa debería
ser más fácil. Debería haber espacio para la solución dialogada
que permitiera la edición de los tres (¡tres!) tomos que nos
faltan.
Hacer
lo contrario, la respuesta uniltareral de la cancelación solo sirve
para que antagonicemos aún más al editor, y con mucha razón.
En este sentido La Factoría de Ideas se lleva la palma: pocas editoriales ha habido, de entre las que viven directamente del mercado friki, que usara tan mal sus cartas. Pocas que gozaran de un catálogo tan enorme y lo dejaran perder completamente. Todo la condenaba al desastre: nula comunicación con los fans (cero interacción en foros y sitios especializados), saldos continuos (que predisponían en contra de comprar una novedad a 20€ que en medio año encontrarías a 2€), errores de lógica (la publicación de "Malaz: el libro de los caídos" y "Malaz: el imperio" intercaladas de forma no cronológica), malas traducciones y excesiva cantidad de novedades que no se anunciaban, ni se destacaban en su singularidad. Su historia era la crónica de una muerte anunciada: se veía a venir desde hace años.
![]() |
| ¿Alguna vez lo veremos en Español? |
Si
no se emprende este camino, el resultado no lo sé prever: pero sé
que cada vez somos más los que estamos hasta las narices. Y el “El
mundo editorial es más complejo de lo que pensáis” o el “La
editorial es una empresa” o, como he leído recientemente, “la
editorial no es vuestra puta” no nos sirve.
Estamos
cansados de que se diga que cada vez se lee menos. Estamos aburridos
de oír hablar de la piratería y de las pérdidas megamillonarias
que genera. Hastiados de darnos de cabeza contra el muro del
departamento de relaciones públicas de las editoriales, del que ni
se sabe ni se le espera. Estamos hartos, por encima de todo, de que
corten nuestras sagas favoritas “porque no venden” y de que se
nos trate de estúpidos o ingenuos (o peor: pesados) por no
entenderlo. Por no entender que aquí se corte lo que fuera triunfa y
se nos diga que la culpa es nuestra. La arrogancia de la editorial -
implícita, al no dar explicaciones o explícita, al darnos la culpa
de sus propios fallos - es algo que nos agota. Y el decir que este es
un tema trivial o indigno de respuesta es un insulto, la prueba
definitiva de que no se toman en serio lo que ellos mismos publican.
La tensión crece: los cadáveres (metafóricos de momento) se
acumulan en las cunetas. Ayer fue Lynch y Abraham. Hoy es Malaz. Mañana ¿cual? La respuesta: cualquiera. Nadie puede, en el
mercado Español de la literatura de género, tener absolutamente
ninguna certeza de que está invirtiendo su tiempo y su dinero en
algo que podrá terminar. ¿Terminará la saga de Harry Dresden?
probablemente no. ¿Lo hará la de Bobby Dollar, de Tad Williams, que
RBA inició con "Las sucias calles del cielo"? Poco
probable. Nada parece ser una apuesta segura: "Los cien mil
reinos" ganó el Locus. La tercera entrega de la de Lawrence
ganó el David Gemmell Legend: canceladas.
De hecho, en este mercado
Español donde nos movemos la única actitud sana respecto a la
editorial es la de suma desconfianza. Cuando pesquemos un tomo de la
estantería, tendremos de comprobar si se trata de un primer volumen
o una novela completa; comprobarlo en la wikipedia, porque de la
portada no nos podemos fiar, ni siquiera para identificar el género:
¿fantasía? ¿CF? Cual era "Los viajes de Tuf" editada por
Planeta?. ¡Y que ni se nos ocurra quejarnos! si lo hacemos por la
vía oficial, o no obtendremos respuesta o solo falsedades. O medias
verdades. Si lo hacemos a través de la web, alguien vendrá a
decirnos que las editoriales no son nuestra puta.
Y
por favor, que nadie venga con que esto es una práctica habitual
desde hace años, como si de una justificación valida se tratara. Es
cierto que la cancelación es una lacra añeja: ahí está en mis
estanterías "En un caballo blanco", original y divertida
primera entrega de ocho, cuyas continuaciones nunca fueron
traducidas, o los tres primeros tomos (de siete) de la saga
"Nightrunners" de Lynn Flewelling, o los ocho primeros de
"Deathstalker", que en realidad son cuatro tomos en inglés
que Timun dividió en dos y después dejó de publicar el resto...
Estaba mal entonces y lo está ahora. Solo que ahora es aún más
injusto, habiendo como decíamos más posibilidades para el diálogo
y la búsqueda de soluciones.
Pero esto no pasará. Se hará lo de siempre. Y picaremos
una vez más. Porque en el fondo es culpa nuestra: nadie nos obliga a
seguir comprando a quien nos ha estafado una, dos, tres veces. La
editorial no es nuestra puta. Lo que nos vende, cada vez vale menos y
cuesta más: la editorial es nuestro camello. Y así seguirá hasta
que alguien diga basta.
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